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De la colección Grandes Composiciones de la Música Clásíca “Robert Schumann”. Barcelona – España /2009 Editorial Sol 90,S,L.
Robert Schumann
Intérprete, Compositor y Crítico
En 1834, Schumann fundó la revista Newe Zeitschrift fürt Musick, dedicada a la crítica musical.
Desde sus páginas celebró la música de Schubert y saludó a Johannes Brahms como a un genio.
Igual trato tuvo para Frèdéric Chopin, a quien ayudó a convertirse en una figura de la lucha independentista de Polonia, entonces sojuzgada por la autocracia zarista.
Con no menos entusiasmo, desde las páginas de la revista dio vida a la imaginaria “Hermandad de David” – Davidsbündler-, en pro de la defensa de la música de su época, en abierto enfrentamiento a la “Orden de los Filisteos”, que eran – básicamente- sus detractores.
Para Schumann, estos contendientes simbolizaban los dos bandos en que se dividía el mundo, o mejor dicho, su mundo: Los que anteponían las utopías de la Justicia y la Belleza y los que se entregaban a la voracidad del dinero y el lucro.
El propio Schumann reconoció que “la Hermandad de David es más que secreta, dado que sólo existe en el cerebro de su fundador”.
Sin embargo, los hijos del matrimonio Schumann – llegarían a tener ocho- no se podían alimentar, ni vestir con las fantasías de redención humanista que atormentaba a su padre.
Felix Mendelssohn, que acababa de fundar el Conservatorio de Leipzig – Hochschule, 1843 – lo invitó a la sensatez y le ofreció que dictara clases de piano y composición. Schumann aceptó.
En Busca de la Ópera Nacional
En ese tiempo, Schumann hizo suya de las grandes preocupaciones de los músicos alemanes: la plasmación de un teatro lírico nacional.
Desde su New Zeitschrift für Musick, Schumann comenzó a reclamar el cese de “la importación de óperas italianas y francesas”.
En un artículo firmado por “maese raro”, Schumann se preguntaba: “¿Dónde se esconden estos románticos del diablo? ¿Procuraos óperas vosotros mismos, queridos señores! ¡Óperas! ¡Óperas!”.
Y señalaba como una “traición” el hecho de que Giacomo Meyerbeer, la mayor promesa del teatro lírico germano, se hubiese marchado a París para estrenar su ópera los hugonotes.
También le reprochaba que, en esa pieza, hubiese usado corales protestantes que, “con austeridad germana”, ya había utilizado nada menos que Bach.
En el nacionalismo romántico de Schumann también asomaba un atisbo de confesionalidad que, con los años, comenzó acentuarse.
En la beligerancia por la plasmación de una ópera alemana, también incidía un evidente sentimiento de culpa: de alguna manera, pese a sus reiterados pero fantasiosos proyectos – trabajó durante años con el texto de Fausto, de su admirado Goethe-, él tampoco había podido componer ninguna ópera. Se había fijado una meta demasiado alta.
Encuentros y Desencuentros
En 1843, Schumann conoció a Héctor Berlioz, cuyo “monumentalismo musical” – el músico francés componía para masas orquestales multitudinarias- le resultaban ajeno.
A pesar de ello, saludó la Sinfonía fantástica como digna sucesora del sinfonismo de Ludwing Van Beethoven.
Poco después, Schumann se cruzó con Franz Liszt, con quién inició una relación inquieta y turbulenta.
El pianista húngaro, considerado el más grande de los músicos europeos vivos de la época, descargó duras críticas contra el Quinteto en mi bemol mayor, una de las pocas creaciones personales de las que Schumann se confesaba orgulloso.
Además, Liszt se mostró desdeñoso con Mendelssohn, y a Meyerbeer, en cambio, lo exaltó.
Ambos eran para Schumann, respectivamente: el amigo predilecto y el enemigo más despreciado. Ofendido, éste se retiró y juró no ver nunca más a Liszt, cosa que, por su puesto, no cumplió.
El Encuentro con Wagner
Peor aún fue el encuentro con Dresde entre Wagner y Schumann, en 1844.
El futuro creador de la Tetralogía contaba con el total respaldo de la música europea y el fundador de la ópera nacional alemana.
Como era su costumbre, Wagner se puso a hablar sin interrupción empleando ironías y bromas que él mismo festejaba con grandes risotadas; mientras, Schumann se sumía en un silencio cada vez más profundo y angustioso.
Al final, Schumann calificó a Wagner como un “charlatán brillante pero fatigoso”, en tanto que Wagner definió a Schumann como “un misántropo antipático, aunque de innegable grandeza”.
El desencuentro con dos figuras carismáticas del ambiente musical del momento – Liszt y Wagner - reveló a Robert y Clara Schumann que vivían aislados.
Para romper este aislamiento, la pareja proyectó varias giras. Una por Rusia, junto con Clara, que los alejó de la ciudad durante casi seis meses.
Posteriormente emprendieron viaje a Viena, donde Clara también podría dar conciertos. Viena era, sin duda, la capital cultural de Europa: Mozart, Schubert, Beethoven y Brahms, que presidían el panteón musical de los esposos Schumann, se habían consagrado en ella. Triunfar en la capital austriaca significaba consagrarse en todo el continente.
Además, también visitarían Praga y Berlín.
Tiempos de Amargura y Decepción
Sin embargo, las actuaciones de Clara, en las cuales figuraban fundamentalmente las creaciones de su esposo, no conmovieron al público vienés.
La crítica no pasó de un mero registro de los conciertos en la prensa, sin emitir juicios. Un poco más alentador fue un concierto en Praga, pero no mucho más.
El regreso a Leipzig significó asumir una derrota, no sólo del artista sino también económica. Las fantasías de convertirse en director del Conservatorio de Viena, pese a las cartas de recomendación de Mendelssohn, se hicieron trizas.
La situación de la pareja se volvió mucho más difícil que antes de partir rumbo a Viena. Robert Schumann no podía volver al Conservatorio de la ciudad, al amparo de su fiel amigo Mendelssohn, porque éste ya no ejercía la dirección de la institución en forma directa.
Para colmo, antes de partir hacia Viena, Schumann, seguro de su triunfo en la capital austriaca, había renunciado por escrito al ejercicio de la docencia en el Conservatorio de Leipzig.
Pese a los tormentos derivados de su enfermedad nerviosa, Schumann siguió componiendo.
Entre las principales obras de este periodo figura la segunda sinfonía.
Consciente del momento que atravesaba, el compositor escribió en uno de sus diarios: “La compuse mientras me sentía muy enfermo y me parece que, escuchándola, se nota que es así. Sólo me sentí renacer cuando ya estaba en la última parte. De hecho, una vez terminada la sinfonía, me sentí mejor, pese a que la música me recuerda una época muy sombría. Aun así, sus acentos dolorosos pueden ser los que despierten algún interés”.
Un Último Recurso
Schumann decidió jugar la última carta que le quedaba: alcanzar el éxito a través de una ópera. Pero se trataba más de una obsesión que de una posibilidad real, ya que carecía de toda experiencia.
Se dedicó, entonces, a la búsqueda de un tema anticonvencional y propio con el que soñaban los románticos alemanes.
Su intención era, pues, oponerse a la convenciones operísticas del teatro lírico italiano, representado por Rossini y Dinizetti. La ópera alemana – su ópera- también debía oponerse al teatro lírico francés, entonces representado por Meyerbeers, un autor germano entregado a “los artificios de la frivolidad parisina”.
Sin embargo, Schumann no buscó la ayuda que necesitaba.
Sorprendentemente recurrió a un pintor, su amigo Robert Reinick, para la confección del libreto.
Además, éste tenía fuentes muy dispares: por un lado, un poema de Ludwing Tieck, escrito en 1799, y, por el otro, un drama realista del gran comediógrafo contemporáneo Friedrich Hebbel.
El tema versaba sobre la leyenda de Genoveva de Brabante, esposa injustamente acusada de infidelidad y castigada por su marido.
El resultado fueron unos diálogos recitados al estilo antiguo (y, por cierto, ya anacrónico) singspiel alemán.
Genoveva – éste fue el título de la única ópera de Schumann- fue representada por primera vez y última vez el 25 de junio de 1850 en Leipzig.
Este fracaso acentuó el desequilibrio psíquico de Schumann, que pronto se tradujo en inequívoca demencia.
Curiosamente, otro nuevo sueño operístico de Schumann, nunca consumado, se tradujo en una de sus partituras más logradas: se trata de Manfred, inspirado en el poema homónimo de Lord Byron. La historia de Manfred, héroe que busca una justificación para sus propios errores en las cumbres de los Alpes, en un paisaje terrible y fantástico, encontró en la música de Schumann, especialmente en la obertura, una correspondencia perfecta.
La Hora Crepuscular
En febrero de 1854, Schumann paseaba junto a las orillas de Rín, cuando de pronto, se arrojó a sus aguas heladas, de las que le salvaron milagrosamente unos barqueros.
Clara y un puñado de amigos tomaron entonces la decisión – largo tiempo postergada- de internarlo en un psiquiátrico de Endenich, cerca de Bonn.
Bettina Von Brentano, amiga de Goethe y de Beethoven, visitó a Schumann en Endrich y dejó un testimonio estremecedor: “A través de un patio desierto llegamos a una casa igualmente vacía, donde aguardamos al médico. Cuando éste llegó por fin, le pedí con insistencia que me permitiera ver a Schumann.
Me condujo a una casa a través de largos corredores, y en ella reinaba un silencio tan profundo que se habría oído un ratón si hubiera corrido por el suelo.
El doctor me dejó a solas un rato. Al final apareció Schumann. Corrí hacia él y lo abracé. Dijo que cada vez tenía más dificultades para hablar, porque hacía más de un año que apenas hablaba con nadie.
Recordó algunos momentos de su vida pasada y expresó un gran entusiasmo al hacer una relación de sus antiguos alumnos. Más tarde, le comenté al doctor Richard que Schumann se había mostrado muy tranquilo y amable, pero él me dijo que la nobleza de ánimo de Schumann era un síntoma más de su enfermedad”.
La última etapa de internamiento del músico fue particularmente dramática, tal como lo demuestran varios testimonios.
En una carta dirigida a Clara, con fecha del 14 de setiembre de 1854, Schumann escribía: ” dime si te ocupas de mis trajes y si alguna vez me mandarás cigarros. Tengo tantas cosas que pedirte y tantos deseos que expresar…Si pudiera ir a verte hablar largo rato…Pero si quieres tender un velo sobre algunas de las cosas que te he pedido, hazlo. Y con esto ya te digo adiós, mi adorada Clara, a ti y a los queridos niños. Escríbeme pronto. Tu viejo y fiel Robert”.
Robert Schuman falleció el 29 de julio de 1856.

