La Música, Un Destino
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De la colección Grandes Composiciones de la Música Clásíca “Robert Schumann”. Barcelona – España /2009 Editorial Sol 90,S,L.
Robert Schumann
La Música, Un Destino
La pérdida de su padre, en 1826, por “complicaciones nerviosas”, significó para Robert un sufrimiento que nunca llegaría a superar. Dos años después, al terminar sus estudios secundarios, viajó a Leipzig, la ciudad de Johann Sebastián Bach. En la universidad de Leipzig se matriculó en Derecho.
Sin embargo, en una escapada a Munich coincidió en un café frecuentado por la bohemia con el poeta Heinrich Heine. “Me ha acogido con entusiasmo –comentaría luego Schumann-, me ha estrechado calurosamente la mano y en pocas horas me ha enseñado toda la ciudad”.
En ese tiempo, Heine logró convencerlo de que el futuro más promisorio era el arte y no la jurisprudencia.
Schumann se dirigió a Heidelberg, donde reemprendió el estudio de las leyes. Pero se inscribió en la cátedra de Justus Thibaut.
Una vez más, esta elección lo llevaría hacia su auténtico camino.
Para Schumann, las verdaderas enseñanzas del jurista comenzaron cuando, fuera de clase, el profesor le confesaba su pasión por la música.
Bastaron unas pocas reuniones en la casa de Thibaut, donde las piezas de Bach y Händel eran objeto de verdadero culto, para que Schumann descubriese que a él le pasaba lo mismo que a su maestro.
El conocimiento personal del gran pianista Ignaz Moscheles y la fascinación que le produjo asistir a un concierto de Niccolò Paganini terminaron por sellar su destino.
El impacto del “diabólico violinista” italiano fue tan fuerte, que decidió viajar a ese país, una de las tierras de promisión para los jóvenes románticos.
El periplo por Italia fue relativamente corto. Sólo se detuvo en Brescia, Venecia y Milán. En esta ciudad, tuvo la suerte de escuchar la voz de Giuditta Pasta, una de las sopranos más aclamadas del momento, y, a través de ella, conocer la música de Gioacchino Rossini, soberano indiscutible de la ópera.
Identificado con la ternura y la sencillez de los lieder alemanes, Rossini le hizo ver que la música no era sólo el piano, sino que podía abarcar grandes masas orquestales y corales.
Schumann regresó a Heidelberg, pero, en un gesto conmovedor por su ingenuidad, le escribió a su madre para que lo autorizase a abandonar la carrera de Derecho y dedicarse a la música. Se ignora la respuesta, pero, está claro que su decisión más profunda ya estaba tomada.
El Piano y Clara, Dos Grandes Amores
En 1830, en Leipzig, Schuman se apuntó a las clases de Heinrich Dorn, maestro de capilla de la catedral, quien le enseñó composición y armonía.
También tomó clases del excelente pero severo Friedrich Wieck, fabricante de instrumentos y profesor de piano.
Schumann abrigaba la ilusión de convertirse en un “Paganini del teclado”. En la casa del viejo Wieck, no le pasó inadvertida la presencia de Clara, joven tan hermosa y entusiasta por la poesía – el gusto por los poemas de Jean Paul era una pasión compartida- como prometedora pianista, de quien se enamoró perdidamente. Sólo la tenaz oposición de Wieck al romance entre su hija y su alumno pudo demorar la boda hasta 1840.
Por fin juntos, Clara y Robert realizaron numerosas giras y llegaron a actuar en San Petersburgo y Moscú.
Cuando sus nombres ya comenzaban a resonar en las principales capitales de Europa, el afán de perfeccionismo le jugó una mala pasada a Schumann: por exceso de ejercicios técnicos con un dispositivo mecánico de su invención que le paralizaba el cuarto dedo – recurso que Liszt puso de moda -, perdió la movilidad de su mano derecha.
Para Robert Schumann, la carrera de concertista – que significaba ingresos económicos seguros- se interrumpió para siempre.
Y se centró en la composición, que era la actividad que más amaba, pero que estrechaba drásticamente su horizonte económico.
Clara suspendió temporalmente su carrera de concertista.
Corresponden a esos años las composiciones para piano que forman el primer grupo consistente de la producción schumanniana.
Esta marcada predilección por el piano constituyó una verdadera novedad en la historia de la música. De hecho, compartió esta actitud con Frèdéric Chopin. No obstante, aunque el músico polaco se mantuvo fiel al teclado, Schumnann se dedicó también a otros géneros musicales, como los lieder, la música de cámara, la música sinfónica y la sinfónico-vocal.
Bajo la influencia de Franz Schubert, Schumann compuso numerosos ciclos de lieder, que suman alrededor de ciento cincuenta. Cuatro de ellos se cuentan entre los más célebres de toda la literatura para canto y piano: Liederkreis, Op. 24; Myrthen, Op. 25, Frauenliebe und Leben, Op. 42, y Dichterliebe, Op. 48.
Posteriormente nacieron las dos primeras sinfonías y algunas composiciones de cámara, entre ellas el Quinteto en mi bermol mayor, que adquirió gran difusión en Europa.

